martes, 8 de julio de 2008

Ultramarinos

Para comenzar mi andadura en el blog, me gustaría hacer incapié en uno de los mensajes más misteriosos de los ultramarinos chinos. Una vez más, ayer por la mañana me encontré de nuevo frente al característico cartel de “ALIMENTACIÓN, FRUTOS SECOS”.
Sólo era un niño cuando lo leí por primera vez pero aún así logró inquietarme. Había algo en ese mensaje que me desconcertaba. Poco a poco y debido a la proliferación de este tipo de establecimientos, mi cabeza comenzó a asimilar cuál era la fuente del misterio en esos carteles. ¿Por qué razón, de toda la alimentación existente, los chinos resaltan los frutos secos? ¿Querrán decirnos algo?
Invadido por la incertidumbre acumulada durante muchos años y con la mente repleta de pensamientos divergentes al respecto, decidí adentrame en una de esas tiendas para averiguar qué se escondía detrás de ese misterioso mensaje.
No había recodo sin ocupar ni hueco que llenar. Estaba todo tan junto que era imposible coger un cepillo de dientes sin llevarse por lo menos tras más. Sólo el más meticuloso del mundo hubiera tenido paciencia de separar uno del resto.
Pero no fue eso lo que alteró mi conciencia sino que, de toda la amalgama de productos existentes, lo que menos predominaba eran los ¡frutos secos!.
Fue entonces cuando mi investigación no sólo cobró fuerza sino que la tuvo realmente, Hasta ese momento hubiera podido ser un tonto en una tienda de chinos pero después de esta observación me convertí en un testigo peligroso de un mensaje que bien podría ser milenario.
Consciente de que podía hallarme ante un gran descubrimiento, mis parpadeos comenzaron a ser cada vez más incesantes y no hubiera ocurrido nada de no ser por el sudor de mi frente que caía sobre los pocos anacardos de la estantería.
Este hecho despertó la sospecha en el dueño de la tienda quien me dedicó una mirada achinada. Yo respondí con una acojonoda, sobre todo en aquel terrible momento en que un repartidor entró con unas cajas marcadas con el mismo cartel de “ALIMENTACIÓN, FRUTOS SECOS”. Mis ojos se desviaron hacia él, un error de principiante que me delató finalmente. Tuve ganas de huir, de abandonar mi investigación pero ya era demasiado tarde.
En un último intento por salir de allí ileso, traté de coger un cepillo de dientes para comprarlo y pasar desapercibido pero mis nervios me traicionaron. Ni siquiera cogí tres, sino más de siete.
Como no es habitual comprar siete cepillos de dientes a la vez y mis intenciones ya habían quedado evidentes tuve que rendirme ante la sonrisa irónica y diabólica de un chino, que veía como el secreto milenario de los ultramarinos podía estar en peligro.
El repartidor se había marchado y nuestras miradas se cruzaron frías durante un instante hasta que el dependiente me dijo: “Alimentación, flutos secos”.
Nunca antes me habían lanzado un mensaje tan incongruente y con tan poco sentido así que al comprender que me estaba involucrando en un terreno pantanoso, no tuve más remedio que marcharme de allí sin resolver el misterio hasta que, anoche, cuando se me acabó la última pipa del último paquete descubrí el misterioso secreto cuando caí en la cuenta de que el único sitio donde un español adictivo puede ir a comprar pipas en altas horas de la noche es el ultramarino del chino.

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