jueves, 24 de julio de 2008


miércoles, 23 de julio de 2008

Cena en casa de la abuela

Después de una semana de abstinencia estilográfica, me dispongo a continuar con el blog.
Las razones del parón semanal han sido varias pero me centraré sobre todo en una; mis neuronas han sufrido una pequeña parálisis como consecuencia del sorprendente suceso ocurrido el sábado 12 de julio en la cena familiar que organice en casa de mi abuela.
Como recordaréis estoy sumergido en una investigación cuyo fundamento reside en descubrir por qué los periódicos tienen un tamaño colosal.
Una de mis primeras hipótesis fue justificar dicho tamaño afirmando que esas enormes hojas de periódico son necesarias para no pisar el suelo “fregao”. Para ello organice esa cena familiar con la intención de comprobar cómo reaccionaba mi abuela si, tras emprender una trifulca de líquidos en el comedor, encontrara sus periódicos hechos añicos y no pudiera utilizarlos para cubrir el suelo “fregao”.
Esto fue lo que sucedió.
Preparé un “mailing” para toda la familia con la invitación: “Cena en casa de la abuela el sábado”.
Durante toda la semana había estado recibiendo contestaciones de todo tipo confirmando la asistencia. Algunos incluso iban a aprovechar la ocasión para presentar en familia a nuevas parejas.
La gente fue puntual y yo aproveché la ocasión para estrenar un traje nuevo adquirido en un mercado negro. La cena la había contratado y la mesa estaba puesta cuando todos llegaron.
Pese a los perfumes caros y los desodorantes, el comedor de mi abuela pronto se impregnó del olor a sudor inevitable que emanan los sobacos de la familia después de pasar un buen rato hablando de lo que yo llamo “conversaciones besugo”: “Cuánto tiempo sin verte” o “qué calor hace hoy”.
De todas formas aproveché la ocasión para adentrarme en la cocina de mi abuela y romper el periódico a trozos. No había peligro, todo estaba controlado. Mi abuela se entratenía contando una de sus largas historias juveniles, era practicamente imposible que me descubriera.
Cuando llegué a la cocina me invadió el miedo. Sabía que podía ser descubierto así que fui al grano y me dirigí al lugar donde se guardan los periódicos, debajo de la pila, al lado de la basura. Al abrir las portezuelas noté que ese rincón no se había limpiado desde hacía mucho tiempo, a las abuelas se les perdona todo. Allí estaban los periódicos y comenzé a hacerlos añicos. Mientras lo hacía sentía en mis oídos todas las canciones de tensión conocidas por el hombre. Me imaginé como Janet Leigh en la escena de la ducha de “Psicosis” con mi abuela acuchillándome. Claro que era difícil ver a mi abuela de Anthony Perkins.
Todo iba bien. Seguía escuchando las “conversaciones besugo” en el comedor así que me sentía tranquilo pero de repente escuhé un sonido tras de mí. No era una ilusión, era mi abuela mirándome fijamente, supongo que extrañada de ver a su nieto perdiendo el tiempo rompiendo unos periódicos.
No hizo falta que le dijera nada porque ella tomó la iniciativa y con ojos encandilados me dijo: “Tranquilo, sé a qué has venido, tengo de repuesto”.
Sus palabras sonaron como eco en mi mente hasta que despareció de la cocina.
Pasé un momento recomponiéndome hasta que pude volver al salón con el resto de familiares que no sólo seguían con las coversaciones besugo sino que tenían ya hasta cara de besugos.
La cena comenzó poco después y no tardaron en llegar las preguntas sobre por qué había decidido montar esa cena. Cada vez que me lo preguntaban notaba cómo mi abuela me miraba expectante esperando mi respuesta. Incluso me intimidaba.
Mis planes estaban derrumbándose, tenía que hacer alguna cosa.
El primer plato era muy suculento. Parecía que habían utilizado la mierda de la cocina de mi abuela para cocinarlo. No sabría decir qué era pero tenía un aspecto extraño como todo lo que me estaba sucediendo en esa cena.
Entre cucharada y cucharada también pensaba, hasta que se me ocurrió una idea. En un momento de despiste generalizado, vacié un poco del contenido de mi vaso en el suelo.
“Abuela, ¿puedes traer una hoja de periódico para tapar esto?”, le pregunté.
Como es natural uno de mis primos se prestó para ir a por ellos y tuvo que preguntar dónde estaban los periódicos.
“Debajo de la pila”, repondió mi abuela mirándome fijamente.
¡Era imposible!. Los acababa de romper. Y lo más sorprendente fue que un momento después volvió mi primo con hojas de periódico completas.
¡Mi abuela estaba jugando conmigo!, había regresado a la cocina sin que yo me diera cuenta y había colocado más periódicos. Eso significaba que en algún lugar de la casa escondía más diarios, quizá montones de ellos y eso significaba también que tapar el suelo mojado con ellos formaba parte de su imaginario.
Decidí que tenía que encontrar ese escondite fuera como fuera así que me armé de valor, me levanté de la silla enfrentando mis ojos desafiantes a los de mi abuela y caminé hacia el pasillo dejándole comprender que deseaba hablar con ella a solas. El resto de familiares apenas le dieron importancia a este desafío repentino, supongo que lo entendieron como la típica tontería del investigador de pacotilla de la familia.
En el pasillo esperé y esperé pero mi abuela no acudía así que comencé la búsqueda por la casa sin su consentimiento. Era consciente de que podría no encontrarlos nunca pero tenía que intentarlo. Estaba en juego el lema “Pon un periódico de bolsillo en tu vida” así que no podía fracasar.
Examiné las habitaciones, el baño, la cocina... y ya sólo me quedaba la trampilla del techo de la galería, una estancia misteriosa en la que nunca se me había permitido entrar. De hecho, siendo yo un niño y como consecuencia de mi instinto espiatorio, traté de subir por las escaleras plegables hasta que mi abuela me cogió del pie y me azotó con fuerza para castigarme: “Nunca subas aquí”, señaló amenazante.
No le di más importancia al tema en ese momento, pero quince años después me encontraba en el interior de un cuartucho oscuro del que ni siquiera sabía dónde estaba la luz.
Entre trompicones logré encontrarla y quedé completamente estupefacto cuando ví apilados millones de periódicos que mi abuela había ido recopilando durante años. Estaban tan sucios que no comprendo cómo podían servirle para cubrir el suelo “fregao” si en realidad ensuciarían más que otra cosa. Y lo que sí no me cabía en la cabeza era la cantidad de veces que fregaría mi abuela para coleccionar todos esos diarios.
De repente escuché los pies de alguien remontando por los peldaños de la escalera pero no fui capaz de esconderme. Lejos de eso permanecí erguido con la cabeza bien alta y dispuesto a enfrentarme a mi abuela, que era la que segundos después se encontraba ante mí observándome con una mirada muy confusa.
“Sal de aquí”, me dijo.
No sé qué me ocurrió en ese momento pero empecé a romper todas las hojas enloquecido hasta acabar forcejeando con mi abuela. Tenía unos brazos fuertes. ¡Era increíble!.
Pronto teníamos a toda la familia alrededor animando como locos a mi abuela. Fue tal la rabia que me invadió que bajé del cuartucho y a los pocos minutos había llenado todo el comedor de agua y vino.
Lo más soprendente fue el momento en el que mi abuela acudió corriendo al salón y contempló la inundación.
“¿Qué haces nieto loco?”, afirmó.
Y lo siguiente que ví fue a mi abuela secando el suelo con la manga de la camisa.
“¿No utilizas los periódicos?”, le pregunté extrañado.
En ese momento llegó la familia y mi abuela, que no iba a descubrirse me respondío con ojos dóciles y voz débil, “no, no, por supuesto que no. Los periódicos son para leer”. Y sonrío.
Sabía que mentía, algo estaba escondiendo pero no quise insistir. Me marché.
Y aunque la cena fuera bastante surrealista y mi familia aún más, de lo que sí estoy seguro ahora es que no se han hecho los diarios tan grandes para cubrir el suelo mojado, eso sólo lo hacen contadas personas. Podría hacer hincapié en otra ocasión sobre la razón de ser de todos esos periódicos en casa de mi abuela, pero siendo una mujer tan extraña prefiero mantenerme al margen de eso.
Esta semana publicaré un informe más sobre una nueva hipótesis de trabajo que me gustaría desmantelar, y es si los periódicos son tan grandes porque sirven para que la persona que va a tu lado en el metro lo pueda leer también.
Veremos que sucede.
Un saludo.

jueves, 10 de julio de 2008

Pon un periódico de bolsillo en tu vida

Tras muchos años de innecesario sufrimiento he decidido sumergirme en una investigación muy compleja cuyo resultado es de momento ambiguo. En algunos países como EEUU la situación es cada vez más precaria y la gente comienza a padecer las consecuencias.
El New York Times por ejemplo, supera ya los límites de tamaño para poder leerlo con un mínimo de respeto para con los derechos humanos. En Nueva York han llegado a un punto en que incluso lo leen por tandas y en grupos de cuatro para sujetarlo por las cuatro esquinas.
Quizá este tema no hubiese sido motivo de mi investigación pero la semana pasada ocurrió algo que me afectó personalmente. Un amigo mío murió ahogado mientras intentaba leer un titular que iba de lado a lado del periódico. Es evidente que tras este terrible acontecimiento no puedo quedarme quieto así que decidido emprender una investigación seria con el lema “Pon un periódico de bolsillo en tu vida”.
De nuevo el misterio ha despertado mi conciencia porque si algo está claro es que debe haber alguna razón para justificar ese tamaño colosal. ¿Querrán decirnos algo?, ¿tal vez quieren demostrar que el tamaño sí importa?, ¿o es simplemente para ocultar nuestros rostros al mundo?.
De cualquier modo este misterio requiere un planteamiento de distintas hipótesis hasta llegar a la correcta. Ayer mismo empecé por la primera de ellas: “El tamaño del periódico es consecuencia de una necesidad tradicional con muchos años de antigüedad, basada en la incoherente manía de intentar que no se pise el suelo fregado”.
Sólo existe una persona en mi vida que sigue esta milenaria tradición, mi abuela. Con esto ya se puede extraer una pequeña conclusión al respecto y es que el hecho de poner periódicos sobre el suelo cuando se friega está pasado de moda. Ahora los jóvenes directamente no friegan, y si lo hacen, no cubren la parte mojada con periódicos porque directamente tampoco compran periódicos. El único periódico que puede tener un joven en las manos es alguno gratuito del metro y de todos es sabido que la primera regla de este tipo de periódicos es no llevarlos a casa nunca ya que superarían el límite de lo gratuíto cuyo fundamento radica en leerlos durante “20 minutos” y sólo en el “Metro”.
Pero sé que con esto no es suficiente para desmantelar mi primera hipótesis. Tengo que demostrar que mi abuela y en consecuencia, toda la gente que sigue usando periódicos para cubrir el suelo mojado, puede evitar hacer uso de esta tradición.
Para ello he concertado una cena familiar el sábado en casa de mi abuela donde trataré de llevar a cabo un plan infalible que os contaré el domingo. No me fallen.
“Pon un periódico de bolsillo en tu vida”.

martes, 8 de julio de 2008

Ultramarinos

Para comenzar mi andadura en el blog, me gustaría hacer incapié en uno de los mensajes más misteriosos de los ultramarinos chinos. Una vez más, ayer por la mañana me encontré de nuevo frente al característico cartel de “ALIMENTACIÓN, FRUTOS SECOS”.
Sólo era un niño cuando lo leí por primera vez pero aún así logró inquietarme. Había algo en ese mensaje que me desconcertaba. Poco a poco y debido a la proliferación de este tipo de establecimientos, mi cabeza comenzó a asimilar cuál era la fuente del misterio en esos carteles. ¿Por qué razón, de toda la alimentación existente, los chinos resaltan los frutos secos? ¿Querrán decirnos algo?
Invadido por la incertidumbre acumulada durante muchos años y con la mente repleta de pensamientos divergentes al respecto, decidí adentrame en una de esas tiendas para averiguar qué se escondía detrás de ese misterioso mensaje.
No había recodo sin ocupar ni hueco que llenar. Estaba todo tan junto que era imposible coger un cepillo de dientes sin llevarse por lo menos tras más. Sólo el más meticuloso del mundo hubiera tenido paciencia de separar uno del resto.
Pero no fue eso lo que alteró mi conciencia sino que, de toda la amalgama de productos existentes, lo que menos predominaba eran los ¡frutos secos!.
Fue entonces cuando mi investigación no sólo cobró fuerza sino que la tuvo realmente, Hasta ese momento hubiera podido ser un tonto en una tienda de chinos pero después de esta observación me convertí en un testigo peligroso de un mensaje que bien podría ser milenario.
Consciente de que podía hallarme ante un gran descubrimiento, mis parpadeos comenzaron a ser cada vez más incesantes y no hubiera ocurrido nada de no ser por el sudor de mi frente que caía sobre los pocos anacardos de la estantería.
Este hecho despertó la sospecha en el dueño de la tienda quien me dedicó una mirada achinada. Yo respondí con una acojonoda, sobre todo en aquel terrible momento en que un repartidor entró con unas cajas marcadas con el mismo cartel de “ALIMENTACIÓN, FRUTOS SECOS”. Mis ojos se desviaron hacia él, un error de principiante que me delató finalmente. Tuve ganas de huir, de abandonar mi investigación pero ya era demasiado tarde.
En un último intento por salir de allí ileso, traté de coger un cepillo de dientes para comprarlo y pasar desapercibido pero mis nervios me traicionaron. Ni siquiera cogí tres, sino más de siete.
Como no es habitual comprar siete cepillos de dientes a la vez y mis intenciones ya habían quedado evidentes tuve que rendirme ante la sonrisa irónica y diabólica de un chino, que veía como el secreto milenario de los ultramarinos podía estar en peligro.
El repartidor se había marchado y nuestras miradas se cruzaron frías durante un instante hasta que el dependiente me dijo: “Alimentación, flutos secos”.
Nunca antes me habían lanzado un mensaje tan incongruente y con tan poco sentido así que al comprender que me estaba involucrando en un terreno pantanoso, no tuve más remedio que marcharme de allí sin resolver el misterio hasta que, anoche, cuando se me acabó la última pipa del último paquete descubrí el misterioso secreto cuando caí en la cuenta de que el único sitio donde un español adictivo puede ir a comprar pipas en altas horas de la noche es el ultramarino del chino.